
Tenía 19 años. Era el rey del mundo. Acababa de sacar unas notas extraordinarias en la Selectividad y me sentía una de las cincuenta personas más inteligentes de Aragón. Además nadaba cada día y tenía un cuerpo estupendo. La vida era fenomenal. Y yo la veía desde la cumbre.
Mi hermana me invitó a conocer a su nuevo chico. Los novios de mi hermana siempre me caían fatal por decreto. No había nadie que me pareciese bien. Que si aquél es muy pijo, que el otro es muy pavo, que éste es muy amigo. En fin, que yo ya iba bien cargado de prejuicios, por si acaso. Acompañó la invitación con las llaves de su coche, para que llegase a tiempo a la fiesta después de entrenar. Así que cogí a un par de amigos y nos subimos en el coche camino al Campus.
Iba tarde. Cosa que no soporto. Esquivaba coches con mi gran experiencia de cuatro meses al volante en un coche que conducía por primera vez. Cuando estábamos a punto de llegar, un vehículo se paró en mitad de la calle. Me estaba retrasando aquel capullo. Volanteé hacia la izquierda para esquivarlo y volver a colarme entre el tráfico. Y conseguí mi objetivo acompañado por un estridente
raaaaaas.
Ya llevábamos retraso, no podía parar. Metí segunda y salí de allí cagando leches mientras mis amigos me sermoneaban con cara de histeria. Yo a lo mío. Que no llego, que me dejéis en paz, que no seáis pesados. Que no habrá sido nada.
J. ¿No vas a parar?
P. No.
J. Vale.
P. ¿Qué pasa?
J. No nada.
P. ¡Coño! ¿Qué pasa? ¡No seas capullo!
J. No si no es nada. Sólo que llevamos a un coche con una luz intermitente en el techo siguiéndonos...
P. JODER!
Paré el coche encima de la acera.
J. ¿Qué le vas a decir?
P. Yo qué sé... Que no lo he visto.
J. Ya. Se lo creerá. Con la sirena y eso era difícil oírlo...
Portazo en toda la cornamenta de J
. El de la Sirena (S). ¿Qué pasa? ¿No ibas a parar o qué?
P. ¿Por qué?
S. Me has golpeado allí en el paseo.
P. ¿Ah, sí?
S. Pues sí, ¿no lo has oído?
P. Vaya, pues no. Es que íbamos con la música...
S. Pues mira. Me has destrozado el parachoques y la aleta.
P. ¡Puta mierda!
S. Bueno, pues tendremos que hacer papeles.
P. Ufs! ¿Y no te importa si no los hacemos? Es que el coche es de mi hermana...
S. Oye, chaval, que yo soy policía secreta, a mi no me la juegues.
Carterazo como en las pelis con carnet profesional en mis morros.
P. Que no, que no... Mira, aquí tienes mi carnet, el carnet de conducir, si quieres te saco los papeles del coche. Pero es que prefiero pagarte yo el bollo, que si no mi hermana me va a echar la bronca.
S. Bueno, está bien. Espera aquí que me anoto tus datos y reviso tus antecedentes.
Maravilloso. El primer golpe de mi carrera automovilística se me ocurre dárselo al Harry el Sucio. ¡Hay que joderse!
S. Vale, está todo en orden. Te llamaré para decirte como quedamos.
P. Perfecto. Lleva esto con un poco de discrección si no te importa...
S. Descuida.
Me vuelvo a subir al coche cabreado como un mono. Todos callados después del funeral. Aparco el coche y vamos para la fiesta todavía en silencio. Allí me encuentro a mi hermana con dos tipos de metro noventa, pelo largo, sin afeitar y pendiente en la oreja. A mi, al estudiante ejemplar, al defensor de las morales cristianas, al paladín del buen gusto... Pero, ¿cómo se te ocurre hermana de mis entretelas?
Le escupo que le he dado un golpe a su coche. Que no se lo diga a los papás. Y que me piro. Inspirador primer encuentro con mi cuñado. Siempre me lo recuerda el muy cabrón.
Pasan los días. Yo a lo mío. Con mi brillante carrera académica de ingeniero en ciernes a toda vela. Esto es, pasando más rato en el bar que en clase. Porque yo tenía el control total y no necesitaba esas pueriles lecciones. Claro, coño, es que era una de las cincuenta personas más inteligentes de Aragón. Y tenían que darme clase unos mediocres. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
A comer a casita. Mamá me espera en el pasillo con cara de diarrea crónica.
M. ¿Qué has hecho?
P. ¿El qué?
M. Vamos, confiesa. ¿Has robado? ¿Te has emborrachado por ahí y has pegado a alguien? ¿Has violado a alguna chica?
Después de todo tampoco era tan grave. Tan sólo había golpeado el coche de mi hermana. Eso sí, contra el de un policía secreta, pero tampoco era para tanto.
P. Pero, ¿qué dices?
M. Que me han llamado de la Policía. De la Secreta, nada menos. Que te andan buscando. Y yo encima les he tenido que mentir y decir que no sabía dónde estabas. Venga, cuéntamelo que algo nos inventaremos....
¿Ahora os explicáis por qué tiendo a alejarme de mamá? ¿Qué no es temible?
Nota. Por cierto. Sudé la gota gorda para poder sacar la dichosa carrera. Mis aires de grandeza duraron exactamente seis meses de capulladas en secuencia.