
Me he convertido en un abuelo cebolleta. Eso dicen los jóvenes de mi trabajo. A menudo me piden que les cuente batallitas profesionales de tiempos pasados. En unos meses han desarrollado la percepción de que conozco la respuesta a cualquier pregunta y escuchan lo que les cuento como si asistiesen al seminario de un reputado gurú.
No me molesta su actitud, pero como tiendo a gruñir por costumbre, les explico que hace años que no coincido con buenos profesionales. Que la gente puede ser trabajadora y responsable, pero que escasean los cerebros brillantes. Supongo que parte de la culpa de esta situación puede achacarse a las propias empresas, empeñadas en promocionar al personal técnico hasta colocarlos en puestos de gestión que poco tienen que ver con sus verdaderas cualidades. En mi caso, tras tres degradaciones consecutivas, creo que por fin he conseguido colocarme en un cargo que desempeño con agrado y eficiencia.
Hace unos días hablábamos del destino que han elegido los que fueron las personas más brillantes de mi promoción en la universidad. Casi sin darme cuenta comencé a enumerar extranjeros asimilados a países lejanos. Un controlador de satélites ubicado en Alemania, un especialista en la semántica del lenguaje en la informática que trabaja en Suiza, un técnico de la comunicación a caballo entre Vancouver y Oporto, un teórico de las bases de datos afincado en Chicago...
Antes de que pudiese terminar, uno de mis compañeros me soltó de improviso: "¿Y tú qué coño haces aquí?"
Reconozco que me sentí halagado por aquella espontaneidad. Y asumo que sería capaz de emigrar a Estados Unidos para desarrollar mi potencial en alguna de las áreas por las que me siento interesado. No obstante, amo demasiado mi tiempo libre, mis costumbres y mi ciudad como para imponerme un sacrificio de tal calibre.
En el fondo para convertirse en un cerebro brillante hay que desprenderse de tal porcentaje de humanidad que desde mi punto de vista resulta un trueque inaceptable.
