04 agosto 2006

Hagamos una porra

Este fin de semana tengo que conducir seiscientos o setecientos kilómetros. No había salido a carretera desde que añadieron puntuación al sistema de sanciones. Llevo un par de días preguntándome cuantos puntos podré salvar este fin de semana.

Bien es cierto que en casi tres lustros solo me han multado por exceso de velocidad tres veces, aunque podrían haberlo hecho cientos. Pero supongo que en agosto y con el invento recién estrenado estarán mucho más atentos.

Comenzaré la porra augurando que el lunes tendré 3 puntos menos en mi carnet y unos cuantos euros menos en la cuenta.


Edito
1. Nunca conduzco bebido.
2. Es un viaje de placer y saldré con el tiempo más que suficiente.
3. Tengo plaza de aparcamiento asegurada en el lugar de destino.
4. Iré solo en el coche.
5. El trayecto discurre por autopista y autovía poco transitadas.

Y no me regodeo, Raist, si escribo esto es porque trato de concienciarme. Me cuesta un dolor respetar los límites de velocidad cuando viajo solo porque me aburro. Así que un poco de "presión mediática" me ayuda a tener más cuidado. No obstante, reconozco que no consideraría una catástrofe aleccionadora la pérdida de tres puntos por exceso de velocidad.

Nota. Señores de Tráfico, no se tomen esto como una falta de respeto a la seguridad vial. La culpa es toda de mi pie derecho, que desde que me partí el tobillo y me pusieron esas placas de plomo se ha vuelto un poco incontrolable.

02 agosto 2006

El lunes negro

Era un lunes de mayo de finales de los noventa. A mediodía nos habíamos quedado a "estudiar" en la universidad. Comimos, como casi siempre, pizza con jamón y piña. A pesar de que a ninguno nos gustaba la piña. Lástima que ese dato no lo obtuviésemos hasta años después, cuando ya ni las pizzas ni los estudios importaban.

Después de comer nos acercamos al supermercado a por unas cuantas botellas de bebidas espiritosas variadas, entre ellas la idolatrada del momento: el inefable Jack Daniels. Tras apretujarnos en mi 600 rojo y en el coche de otro compañero los aventureros nos adentramos en los desolados montes que delimitaban la zona norte de la facultad.

En una ribera del camino, postrados sobre un sofá abandonado al lado de una acequia, comenzamos a dar cuenta de tan preciado botín líquido*. A la hora ya estaba borracho como un piojo, expulsando trozos de jamón intactos directos desde mi estómago hasta el sofá. Como si hubiese hecho aquello toda la vida. Mientras tanto, otros dos incautos se dedicaban a derramar lágrimas de cocodrilo y el Jack Daniels sobrante en la acequia. Stephen decidió perderse.

Un herido y un desaparecido. A las cinco de la tarde. Los menos perjudicados decidieron que había llegado el momento de pedir ayuda. Cuando Salsa llegó a lugar de los hechos, organizó una misión de rescate para Stephen y ordenó que me llevasen a la Cruz Roja que estaba en el otro lado de la ciudad. Por suerte, sólo se cumplió la primera parte de sus desvaríos.

Stephen no apareció, a pesar de las valientes y balbuceantes preguntas formuladas por los aguerridos exploradores a varios pastores y la invencible voluntad que los guiaba. Al volver al campamento me encontraron suplicando que me llevasen a clase de Ecuaciones Diferenciales, aunque mi motivación no estaba centrada en una exótica transformada de Laplace o en alguna serie de Fourier caprichosa. Lo que quería era ver a la profesora.

Tumi condujo el 600, a pesar de que aún no tenía carnet, de vuelta a la escuela. Me convencieron de que me tumbase "unos minutitos" en la hierba. Tiempo que aprovecharon para descubrir que Stephen había asistido a clase, en primera fila, como los grandes. La leyenda cuenta que su aliento a bourbon podía ser percibido con claridad desde la décima fila y que en su camino de vuelta de los galachos ideó una teoría para cuadrar el círculo que más tarde olvidó por culpa de una mala resaca.

Yo me desperté en el césped y pregunté si ya era hora de entrar a Ecuaciones Diferenciales. Pero la jornada escolar ya había terminado. Información que produjo gran alivio en los emisores y cierto resquemor en el receptor.

Cada día, al salir de clase, iba con Tumi a buscar a su hermano pequeño para acercarnos al entrenamiento de natación. Aquel día yo era incapaz de conducir, así que le pedí a Tumi que lo hiciese él. Treinta metros antes de llegar a la esquina en la que nos esperaba ese hermano pequeño con su madre en la chepa, cambiamos de asiento. Treinta metros después de recogerlo, invertimos el cambio para volver a la posición inicial.

Al tirarme a la piscina noté que la borrachera estaba en su máximo esplendor cuando braceé sin eficacia para esquivar un ahogamiento por inutilidad. Observé el resto del entrenamiento desde la grada, deseando que remitiese aquel creciente dolor de cabeza.

Días después, mi madre, mientras hacía la colada, me recordó que ese lunes negro no había sido un delirio imaginado.
-Pow, ¿me puedes explicar qué demonios es este tiquet que he sacado de tus pantalones?

* Hasta aquí es donde llega mi memoria. El resto de la historia la he ido reconstruyendo con los años, gracias a las numerosas veces que la he escuchado en boca de mis amigos.

01 agosto 2006

SMI: Solo en la oscuridad

Young oteó el horizonte en la oscuridad hasta que la sensación de ridículo le hizo bajar la mirada. De pie, con las manos en los bolsillos, meditó acerca de lo que debía hacer. Se suponía que aquella situación iba a poner a prueba su capacidad para enfrentarse a la oscuridad, al acoso de la implacable soledad e incluso al advenimiento de una muerte angustiosa. Resultaba irónico que los evaluadores hubiesen considerado esos miedos un desafío. Lo habían bioescaneado, ¿cómo se les podía haber escapado que para él tan solo representaban una oportunidad de diversión inesperada?

No se sentía preocupado por la falta de comida, a pesar de que en el espacio inducido le hubiesen cortado el suministro automático de nutrientes. Se había convertido en un experto en el racionamiento selectivo de alimentos, un sencillo truco que había aprendido a lo largo de sus interminables tardes enganchado a la red de éxtasis. Por contra, la bebida podía llegar a resultar una complicación ineludible para la obtención del certificado. Las reglas dictaban que morir equivalía a perder. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir.

Sin embargo, lo que más nervioso le ponía era el impune escamoteo de su implante de inyección de droga. Sabía que el principal problema al que se iba a enfrentar durante todo aquel proceso sería un mono de mil pares de demonios. Tal vez la ansiedad no fuese catalogada a efectos de cálculo como un miedo posible, pero tenía la certeza de que la iba a generar en niveles que no admitían disimulo.

Se sentó en el suelo abrazando sus rodillas. Pensó que era tan imaginable que hubiesen programado comida en algún lugar cercano al punto de partida como en los confines mas lejanos del recinto. En cualquier caso, no tenía manera de adivinarlo. Supuso que aquella realidad inducida sería un espacio vano, sin referencias. No iba a importar demasiado el lugar de colocación, la desorientación lo tendría dando vueltas sin sentido sin poder saber si avanzaba o retrocedía.

Un bostezo lo avisó de la inminente invasión del sueño. Se había acostumbrado a dormir en cualquier momento, guiándose tan solo por el latente impulso del cansancio súbito. Las constantes de su organismo se habían desordenado sin remedio. Sabía que no había nada que pudiese hacer para resistirse. Se tumbó en el liso suelo de madera confiando en que la mala vida a la que se había sometido en las últimas semanas le garantizase unas cuantas horas de descanso. Ya habría tiempo más tarde de retomar los problemas.


N. del A. He reescrito este capítulo más diez veces. Y sigue sin gustarme. Es tan plano que me produce una parálisis mezquina y enfermiza. Conozco la historia de Young hasta su desenlace. De hecho, ya la conocía hace varios días. Sin embargo, cuando llego a un punto que no soy capaz de resolver como me gustaría entro un bloqueo insalvable. Situaciones como ésta son las que avivan mi frustración, son las que hacen que odie cada palabra que escribo. Disculpad pues este pasaje vacío y sigamos con el cuento hasta que vuelva a encontrarme a gusto con el texto.

N. del A. (2) La nota anterior la he reescrito tres veces.