Mi abuela ha cumplido 88 años. No imagino cómo puede ser su vida. Vive sola, en un cuarto sin ascensor ni calefacción y se está quedando sorda. La veo cada dos o tres semanas, mientras come de buena gana las recetas que enseñan a mi madre en el curso de cocina.
Dentro de un par de meses se casa uno de sus nietos. Adivino que ella considera este evento una de sus últimas ilusiones. En su cumpleaños ha recibido todo tipo de complementos para poder lucir ese día.
"Aún no he pensado que vestido voy a hacerme", me ha dicho antes. Mi abuela cose, aún a pesar de sus mermadas habilidades, para completar la exigua pensión. Vecinas y clientas de toda la vida le llevan sus diseños de tanto en tanto y ella se entretiene armando esos intrincados puzzles.
Nosotros le hemos regalado un minúsculo botecito de Chanel nº 5. No recuerdo que mi abuela haya expresado sorpresa o encanto ante ninguno de los regalos que la he visto recibir durante los últimos treinta años. Lo de hoy ha sido un eslabón más en esta cadena de reflexivas actitudes.
"Hace unos años compré una crema hidratante", me ha explicado. "La dependienta, una moza muy simpática que me atiende en el Sabeco, me regaló uno de esos minúsculos frascos, uno de esos que son más pequeños que el dedo meñique, de Chanel nº5. Lo estaba reservando para una ocasión especial", ha concluido.
Estoy convencido de que mi abuela se pondrá su Chanel nº5 reserva para la boda. Y yo no podré evitar quitarme el sombrero ante ella. Ni sonreir, por supuesto.
13 abril 2008
09 marzo 2008
Jornada de reflexión
El proceso de observación implica un desapego de lo observado que en muchas ocasiones resulta desnaturalizador para el observador. De esta convicción podría deducir que posicionarme detrás de la ventana supone un acto de frialdad que me deshumaniza. La mayoría de las personas anhelan sentirse inmersas la realidad, formar parte de un grupo que las ratifique en su propia esencia. Pero a mí me da por excluirme en un ámbito intimista que quizá sea inútil por completo.
Me siento perdido ante la turba común. Las buenas ideas aparecen a mi entender tan repartidas que ninguna opción merece ser considerada en su conjunto. Mi actitud, insolidaria y obcecada, solo puede derivar en la concepción de un mundo tan dispar que apenas si cabe en una imaginación de mercadillo.
Parece evidente que nos hemos quedado sin líderes. Tal vez sea una simple cuestión de complejidad inabarcable o es posible que la luz haya trasladado su residencia a la sombra de manera irrevocable. Y aún con esto, sigo esperando encontrar algo admirable. Como si mis días de adolescente romántico se negasen a sepultarse en su tiempo.
Supongo que el problema radica en una pérdida de perspectiva. Ocurre que hace tanto tiempo que mi piel no es calentada por los rayos solares que he dejado de creer que exista un sol. Y lo que más me estremece es que aún consciente de este vacío apenas sí valoro su importancia.
Me siento perdido ante la turba común. Las buenas ideas aparecen a mi entender tan repartidas que ninguna opción merece ser considerada en su conjunto. Mi actitud, insolidaria y obcecada, solo puede derivar en la concepción de un mundo tan dispar que apenas si cabe en una imaginación de mercadillo.
Parece evidente que nos hemos quedado sin líderes. Tal vez sea una simple cuestión de complejidad inabarcable o es posible que la luz haya trasladado su residencia a la sombra de manera irrevocable. Y aún con esto, sigo esperando encontrar algo admirable. Como si mis días de adolescente romántico se negasen a sepultarse en su tiempo.
Supongo que el problema radica en una pérdida de perspectiva. Ocurre que hace tanto tiempo que mi piel no es calentada por los rayos solares que he dejado de creer que exista un sol. Y lo que más me estremece es que aún consciente de este vacío apenas sí valoro su importancia.
09 febrero 2008
Edad relativa

Me he convertido en un abuelo cebolleta. Eso dicen los jóvenes de mi trabajo. A menudo me piden que les cuente batallitas profesionales de tiempos pasados. En unos meses han desarrollado la percepción de que conozco la respuesta a cualquier pregunta y escuchan lo que les cuento como si asistiesen al seminario de un reputado gurú.
No me molesta su actitud, pero como tiendo a gruñir por costumbre, les explico que hace años que no coincido con buenos profesionales. Que la gente puede ser trabajadora y responsable, pero que escasean los cerebros brillantes. Supongo que parte de la culpa de esta situación puede achacarse a las propias empresas, empeñadas en promocionar al personal técnico hasta colocarlos en puestos de gestión que poco tienen que ver con sus verdaderas cualidades. En mi caso, tras tres degradaciones consecutivas, creo que por fin he conseguido colocarme en un cargo que desempeño con agrado y eficiencia.
Hace unos días hablábamos del destino que han elegido los que fueron las personas más brillantes de mi promoción en la universidad. Casi sin darme cuenta comencé a enumerar extranjeros asimilados a países lejanos. Un controlador de satélites ubicado en Alemania, un especialista en la semántica del lenguaje en la informática que trabaja en Suiza, un técnico de la comunicación a caballo entre Vancouver y Oporto, un teórico de las bases de datos afincado en Chicago...
Antes de que pudiese terminar, uno de mis compañeros me soltó de improviso: "¿Y tú qué coño haces aquí?"
Reconozco que me sentí halagado por aquella espontaneidad. Y asumo que sería capaz de emigrar a Estados Unidos para desarrollar mi potencial en alguna de las áreas por las que me siento interesado. No obstante, amo demasiado mi tiempo libre, mis costumbres y mi ciudad como para imponerme un sacrificio de tal calibre.
En el fondo para convertirse en un cerebro brillante hay que desprenderse de tal porcentaje de humanidad que desde mi punto de vista resulta un trueque inaceptable.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
