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04 febrero 2008

Lo desconocido

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.


Hace unos días recordé la primera estrofa de la Sonatina sin proponérmelo. Es posible que hayan pasado más de quince años desde la última vez que la leí. ¿Qué otras secuencias indelebles aguardarán ocultas entre los pliegues de mi cerebro? ¿En qué momento decidirán volver a visitar mi conciencia?

Somos inexplicables, aunque nos cueste creerlo. Nuestro propio intelecto es incapaz de entenderse a sí mismo. Tal vez, al tratarse de un ejercicio reflexivo, esta imposibilidad nunca llegue a ser superada por falta de una mirada objetiva que sepa desentrañarla. En cualquier caso, la conciencia que cada persona posee de sí resulta un entramado de posibilidades tan vasto que parece inabarcable.

Poco sabemos de lo que somos y en el futuro dudo que podamos llegar a sabernos a ciegas. Porque en el momento en que sepamos explicarnos por completo, seremos incapaces de explicar el proceso que nos ha permitido alcanzar ese grado de entendimiento.

31 diciembre 2007

525.600 minutes

Jonathan Larson -esta canción no fue compuesta por Stewie Wonder-, se preguntaba en Rent cómo medir un año. ¿En amaneceres? ¿En millas? ¿En tazas de café? ¿En risas?... Su conclusión era que los años debían medirse en amor. Lo cual parece más una salida fácil que una reflexión meditada.

No obstante, este momento invita a pensar en nuestra manera de valorar el tiempo. Y en la inevitable manía humana de catalogar la vida.

El tiempo es subjetivo. Y acabo de enunciar este axioma sin demostración alguna porque que su percepción es tan subjetiva como la de la verdad. Así que cada cual que encuentre su vara de medir, que yo seguiré buscando la mía.