Por las tardes camino durante 45 minutos para llegar desde el trabajo hasta mi casa. Durante el trayecto suena una demagógica terturlia radiofónica en los auriculares de mi teléfono móvil. En el primer tramo hago cuatro paradas mientras espero en los semáforos, pero después suelo terminar el paseo sin interrupciones. La continuidad de la cadencia y el soniquete de los diálogos provocan que mi conducta se transforme en la de un corredor de obstáculos.
Reduce el paso mientras giras a la derecha. Mueve la cintura para esquivar el bolso. Cruza a la acera de enfrente para alcanzar la luz verde del semáforo de la avenida. El viandante se va a parar, vira de emergencia sobre tu pie izquierdo.
Como cualquier lógica resulta ajena a ese estado de abstracción, hace algunos días no pude evitar la trasera de un coche que realizó un frenazo brusco sobre un paso de cebra. Si el conductor hubiese finalizado la maniobra que tenía prevista, hubiese pasado por detrás del coche sin problemas. Sin embargo acabé propinándole un sonoro rodillazo en mitad de la aleta. No hubo desperfectos ni lesiones, por lo que el incidente tampoco deparó más que una mirada sorprendida y una disculpa distraída.
Cuando llegué a casa, sin apenas haber registrado el suceso, me pregunté qué hubiera pasado si la aleta hubiera resultado abollada. Las aseguradoras todavía no han desembarcado en el inexplorado mundo de la seguridad peatonal, por lo que hubiese tenido que abonar la reparación de mi bolsillo.
Esta conclusión generó un telar de divagaciones mentales que ahora he olvidado pero que en aquel momento me parecieron de una trascendencia sin parangón. Y estas líneas me han hecho reflexionar acerca de lo especializado que está mi cerebro en dispersar pensamientos laterales sin conexión. El día en que a los investigadores les dé por estudiar los efectos de la disipación mental de la energía donaré mi cuerpo a la ciencia.
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31 enero 2008
21 enero 2008
La mecánica de lo irrelevante
La concentración requerida por el proceso de aprendizaje disminuye la tendencia natural a la dispersión del ser humano. No obstante, una vez que la actividad aprendida puede ser realizada de modo semi automático deja de ser un proceso para convertirse en una mera ejecución.
De este modo, resulta sencillo ejecutar la secuencia que nos permite caminar mientras el cerebro procesa actividades todavía fuera de nuestro ámbito de mecanización. Somos capaces de comer mientras debatimos con denuedo el impacto en la economía doméstica de la apreciación del euro frente al dólar. O nos permitimos calcular la ruta más corta para alcanzar un destino a la vez que sorteamos el tráfico a los mandos del coche.
La historia nos ha demostrado que el hombre ejecuta con el paso del tiempo automatismos cada vez más complejos, lo que me ha llevado a pensar que en el futuro quizá podamos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a pensar en niveles mucho más abstractos.
Más tarde he visualizado a gente tropezando con las aceras, comensales atragantados y estúpidos accidentes de tráfico. Y he concluido que el hombre ha perdido la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas.
De este modo, resulta sencillo ejecutar la secuencia que nos permite caminar mientras el cerebro procesa actividades todavía fuera de nuestro ámbito de mecanización. Somos capaces de comer mientras debatimos con denuedo el impacto en la economía doméstica de la apreciación del euro frente al dólar. O nos permitimos calcular la ruta más corta para alcanzar un destino a la vez que sorteamos el tráfico a los mandos del coche.
La historia nos ha demostrado que el hombre ejecuta con el paso del tiempo automatismos cada vez más complejos, lo que me ha llevado a pensar que en el futuro quizá podamos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a pensar en niveles mucho más abstractos.
Más tarde he visualizado a gente tropezando con las aceras, comensales atragantados y estúpidos accidentes de tráfico. Y he concluido que el hombre ha perdido la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas.
11 enero 2008
Peligro de extinción
Según el Instituto Nacional de Estadística, existen 97 personas en España cuyo primer apellido es el mismo que el mío. Si seguimos tirando de cifras, podemos calcular que 42 de ellos son varones. Y de esos 42, se calcula que unos 8 tienen una edad adecuada para procrear.
No sé si es o no preocupante que yo sea una de las 8 personas con capacidad para perpetuar el apellido. Y mucho menos si la perpetuación de los apellidos es algo que deba preocuparnos.
Así que voy a mandar todos estos datos al mismo lugar del que han venido. A la estadística.
No sé si es o no preocupante que yo sea una de las 8 personas con capacidad para perpetuar el apellido. Y mucho menos si la perpetuación de los apellidos es algo que deba preocuparnos.
Así que voy a mandar todos estos datos al mismo lugar del que han venido. A la estadística.
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