Te siento tan cerca que no me puedo mover... si no es contigo.
Me miras callada, fragmento de una imaginación soñada en duermevelas de silencio.
Yo te pienso como acorde maestro de la más añorada melodía.
Guardo, apretada en la mochila, la precisa distancia entre tu mirada y mi presencia.
Y me marcho a cualquier parte.
Porque tú vienes.
29 septiembre 2005
Alejarse
Ayer desenvolví antes de tiempo un regalo que tenía preparado para el viaje. Romper las promesas que me hago, me brinda una maravillosa oportunidad para hacer gala de toda mi magnánima clemencia. Traté de echarle sólo un vistazo, pero la curiosidad hizo que lo acabase por examinar desde muchos ángulos. En el proceso caí en algo muy sencillo. No emprendo el camino con la idea de encontrarme, lo que deseo en realidad es perderme. Y no me había dado cuenta hasta ayer.Así que si me véis con la espalda apoyada en un tronco y la mirada perdida en ninguna parte, no os esforcéis en saludarme. Porque habré olvidado incluso mi nombre.
Espero encontrar el camino de vuelta. Aunque nunca se sabe. Es posible que me pierda para siempre y, aunque el GPS marque la posición en la que estoy perdido, tal vez me sienta a gusto allí.
En todo caso sé que jamás me volveré a sentir solo.
28 septiembre 2005
La princesa prometida. Cinco años después.
Waverly, una chiquilla risueña de ojos miel y rizos dorados, correteaba ladera abajo persiguiendo a una mariposa errática con sonrisa traviesa. Westley, con algunos quilos más de los que recordáis, cortaba gruesos troncos con certeros hachazos, limpiándose a cada rato el sudor con la manga. Buttercup, que seguía siendo la mujer más bella de la historia en noventa y cinco años, los observaba sentada en el jardín mientras zurcía casacas negras de pirata.Habían pasado cinco años confinados en aquel recóndito lugar de Florin. Iñigo había fundado su propia escuela de esgrima para instruir a los espadachines noveles en su magistral variante del movimiento Thibault y se había trasladado a España. Fezzik consiguió un puesto como guardaespaldas de un comerciante oriental (tened en cuenta que el comercio de seda oriental y el fustán de Cremona estaban en su máximo apogeo en aquella época, por lo que el puesto de Fezzik era uno de los más apreciados en el gremio de brutos a sueldo). Los cuatro corceles blancos seguían en el establo, haciendo compañía a Caballo.
Westley echaba de menos a sus dos camaradas a menudo, porque ya casi nunca se reunían y, cuando lo hacían, terminaban tan borrachos que nunca recordaban lo que se habían contado. Las ganancias obtenidas mediante la piratería les permitían llevar una vida cómoda pero no alcanzaban para los grandes lujos que Buttercup había disfrutado en el palacio de Humperdinck. Caballo había sido la única diversión para Buttercup en aquellos años, pero ahora que había envejecido ya no lo cabalgaba tan a menudo. Westley había vuelto a ser aquel muchacho encargado de las tareas de la casa, pero sus sonrisas acompañadas de susurrantes como desees habían perdido parte del encanto del pasado. Languidecían en una rutina sin fantasía, atrapados en un lugar perdido de Florin, donde ni el tiempo ni las personas perturbaban la tenaz monotonía.
-Westley, cariño, podrías bajar al pueblo a comprar algo de trigo. Si no, no podré preparar la comida de la niña -gritó Buttercup levantando la cabeza.
-Buttercup, cielo, ¿por qué no bajas tú y así sacas a pasear a Caballo? Aún tengo muchos troncos que cortar. Y de paso, te podrías llevar a Waverly y podría terminar antes -respondió Westley sin mirarla.
(Dieciséis a trece, y eso que todavía no habían desayunado)
Buttercup lo miró desilusionada pues esperaba un como desees por respuesta. Se acercó al establo, ensilló a Caballo y partió sin abrir la boca hacia el pueblo. Olvidándose intencionadamente de Waverly.
(Eso dejaba la pelea un igualadísimo dieciséis a catorce, las espadas estaban en todo lo alto)
Cuando Westley terminó con el último tronco sentía cada uno de sus tendones tan rígidos como espadas de Yuste. Recogió el hacha en el cobertizo y apiló la leña sobrante. Waverly venía corriendo hacia él, con regueros de lágrimas en sus mejillas, aullando de manera estridente.
-¡Papá, papá, la piedra me ha atacado! -chilló entre sollozos.
-Ven, aquí, enanita. Que papá te curará la herida -musitó Westley maldiciendo mentalmente a Buttercup.
La llevó dentro de la casa, le lavó la herida y la vendó con un aparatoso lazo. Waverly había dejado de llorar, pero se abrazaba a Westley con la carita apoyada en su pecho. Westley se dejó descansar en la paz de ese instante. Esperando que nunca terminase aquella caricia. Miraba por la ventana los frondosos árboles que rodeaban la casa, escudriñó la nieve de las lejanas montañas, se detuvo en los ensortijados detalles de las plantas trepadoras que escalaban la fachada del cobertizo...
Cuando Buttercup volvió del pueblo, Waverly se había dormido. Y Westley la esperaba sentado en las escaleras del porche, mirándola con una sonrisa en los ojos. Al desmontar de Caballo, Westley la cogió en brazos y la llevó al cobertizo. Allí la tendió sobre la paja limpia, se recostó a su lado mirándola con tierna fijeza, le susurró bajito al oído un delicioso como desees y la besó con una pasión que alcanzó una intensidad nunca antes registrada.
Entre los especialistas en sensaciones medibles, existe una controversia generalizada para catalogar el amor verdadero. La escuela del Este defiende que no se trata de una sensación, sino que es una actitud. Los sabios asiáticos creen que el amor verdadero es sólo una ilusión inalcanzable. Mientras que la corriente de pensadores africanos postula sobre la existencia del amor. En todo caso, sea cual sea la técnica de medición aplicada, todos coinciden en identificar los cinco momentos de la Historia que alcanzaron el nivel máximo en la escala de intensidad de pasión.
Pues bien, éste los superó a todos.
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Deleitaos con la versión de Buttercup. Genuinamente inconcebible.
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