¿Uno es tanto más extrovertido cuanto más agradado se siente con los regalos que recibe?
El acto del regalo implica a dos únicos actores: emisor y receptor. Se podría pensar, por tanto, que un regalo es un intercambio comparable al de un mensaje. En algunas ocasiones, los diálogos resultan difusos tanto por la limitación de comunicar como por la de escuchar. Otras veces, el desinterés produce palabras insulsas que son cruzadas por una mera cortesía obligada. Incluso existen charlas profesionales en las que cada interlocutor conoce de antemano la réplica adecuada para cada sentencia. Pero son raros los momentos en los que ambos contertulios alcanzan un nivel de sintonía que permita disfrutar de una humilde conversación.
Me pregunto si el conocimiento de la otra persona, el aprendizaje en el acto de regalar, el interés o la sorpresa son determinantes para el disfrute de un regalo.
Aunque quizá la única explicación para esto, como para tantas otras cosas, resida en un azaroso alineamiento de factores provocado por los devaneos de la suerte.
08 enero 2008
06 enero 2008
La ignorancia del devenir
Imagino que hace unos cientos de años un hombre no era capaz de percibir cambios culturales a lo largo de su vida. Los hijos perpetuaban la existencia de los padres incorporando ligeras variaciones que no suponían una ruptura brusca en la línea temporal. Las generaciones discurrían tranquilas hacia un horizonte difuso y lejano, como si la importancia de lo que vendrá fuese velada por la urgencia de lo que existe.
Hoy se vive menos en el presente, las proyecciones de futuro ocupan un espacio tan real como los propios sucesos diarios. Los hijos tienen una vida muy diferente a la que tuvieron sus padres. Incluso una misma persona evoluciona su manera de vivir a lo largo de una única vida. La realidad aparece perecedera.
Tomemos el ejemplo del cine. La tradicional forma de difusión de este invento reciente agoniza. Tal vez, los que rondamos la treintena, seamos la última generación capaz de valorar la experiencia de ir al cine. En los próximos años, si es que no se ha hecho ya, alguien reinventará el medio para secuestrar a los jóvenes de los archivos digitales proyectados en monitores de ordenador. En dos o tres décadas el cine será algo tan distinto a lo que aprendimos que deberemos volver a aprenderlo.
¿Qué ha provocado esta vorágine de cambios vitales incesantes? ¿Quién dirige la evolución de nuestro pensamiento? Nuestra cultura, la de los ciudadanos del Primer Mundo, se forma a través de impulsos de creatividad surgidos en cualquier parte del planeta y difundidos de manera instantánea. Aunque todavía puedan detectarse las diferencias existentes entre un ciudadano londinense y un habitante de Parla, dudo que en un futuro no demasiado lejano -quizá tan solo tengamos que esperar a la vuelta del siglo- la personalidad de las culturas se perciba de un modo evidente.
Quizá esta sensación de convergencia hacia la unicidad de pensamiento sea únicamente un pálpito incoherente, pero he sentido que cada vez nacen menos líderes y más seguidores. Y es que un mal sueño, lo puede tener cualquiera.
Hoy se vive menos en el presente, las proyecciones de futuro ocupan un espacio tan real como los propios sucesos diarios. Los hijos tienen una vida muy diferente a la que tuvieron sus padres. Incluso una misma persona evoluciona su manera de vivir a lo largo de una única vida. La realidad aparece perecedera.
Tomemos el ejemplo del cine. La tradicional forma de difusión de este invento reciente agoniza. Tal vez, los que rondamos la treintena, seamos la última generación capaz de valorar la experiencia de ir al cine. En los próximos años, si es que no se ha hecho ya, alguien reinventará el medio para secuestrar a los jóvenes de los archivos digitales proyectados en monitores de ordenador. En dos o tres décadas el cine será algo tan distinto a lo que aprendimos que deberemos volver a aprenderlo.
¿Qué ha provocado esta vorágine de cambios vitales incesantes? ¿Quién dirige la evolución de nuestro pensamiento? Nuestra cultura, la de los ciudadanos del Primer Mundo, se forma a través de impulsos de creatividad surgidos en cualquier parte del planeta y difundidos de manera instantánea. Aunque todavía puedan detectarse las diferencias existentes entre un ciudadano londinense y un habitante de Parla, dudo que en un futuro no demasiado lejano -quizá tan solo tengamos que esperar a la vuelta del siglo- la personalidad de las culturas se perciba de un modo evidente.
Quizá esta sensación de convergencia hacia la unicidad de pensamiento sea únicamente un pálpito incoherente, pero he sentido que cada vez nacen menos líderes y más seguidores. Y es que un mal sueño, lo puede tener cualquiera.
31 diciembre 2007
525.600 minutes
Jonathan Larson -esta canción no fue compuesta por Stewie Wonder-, se preguntaba en Rent cómo medir un año. ¿En amaneceres? ¿En millas? ¿En tazas de café? ¿En risas?... Su conclusión era que los años debían medirse en amor. Lo cual parece más una salida fácil que una reflexión meditada.
No obstante, este momento invita a pensar en nuestra manera de valorar el tiempo. Y en la inevitable manía humana de catalogar la vida.
El tiempo es subjetivo. Y acabo de enunciar este axioma sin demostración alguna porque que su percepción es tan subjetiva como la de la verdad. Así que cada cual que encuentre su vara de medir, que yo seguiré buscando la mía.
No obstante, este momento invita a pensar en nuestra manera de valorar el tiempo. Y en la inevitable manía humana de catalogar la vida.
El tiempo es subjetivo. Y acabo de enunciar este axioma sin demostración alguna porque que su percepción es tan subjetiva como la de la verdad. Así que cada cual que encuentre su vara de medir, que yo seguiré buscando la mía.
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