03 abril 2006

Viento del norte

Llevo meses obsesionado con la idea. Asumiendo que mi único problema es ser saeteado por algún Cupido certero. Coloco dianas de concéntricas cintas rojiblancas donde quiera que voy. Y espero que alguien haga su trabajo.

Me canso de analizarme para justificar esta existencia sin ilusiones. Busco una motivación que mantenga intacto mi ánimo. Controlo cada brote de sentimiento para que crezca en la dirección que deseo. Y me estoy asfixiando sin piedad.

El convencimiento de que mis problemas son tan numerosos como inimaginables se ha reforzado con las últimas dudas. Pero si me empeño en concentrar mis energías en una dirección concreta los demás caminos se ocultan somatizados.

Experimentar la utopía de una vida sin miedos ni emociones está siendo una pesadilla delirante. Ser consciente de la propia existencia constantemente resulta agotador. En ocasiones me gustaría poder desconectar mi mente. Aunque sólo fuese un rato.

Mañana comienzo un nuevo día. Momentos por estrenar con cada amanecer. Es tan sencillo como recordarlo. Y es que la culpa debe de ser de la voluptuosidad de mi memoria, porque conozco a Beppo desde hace mucho tiempo.

02 abril 2006

Enroque con alfileres


Voy a dejar de salir de marcha los sábados. Los domingos paso el día preguntándome qué quiero hacer con mi vida. Estas crisis de ansiedad sin destino están acabando con mi autocontrol.

Ayer no estaba borracho. Hablé media hora con una chica. Ingeniera, guapa y extrovertida. Bromeamos, me pintó los labios con su carmín, nos reímos con sus amigas, la conversación fluía sin prisas y, cuando mejor lo estábamos pasando, me marché. Porque no me parecía adecuada. Cómo si yo supiese lo que me conviene...

Deben de tener razón mis amigos. En cuanto hay alguna posibilidad de que un encuentro prospere, salgo corriendo. O tal vez es que me estoy engañando y lo que quiero es seguir solo. Aunque no me lo reconozca.

Dormitaré en el sofá y después me pondré a trabajar un rato. Mañana la intensidad de la crisis habrá menguado. Y podré volver a vivir mi vida. Aunque ahora lo que me gustaría es poder contratar a Billy Wilder para que la dirigiese a su gusto.

01 abril 2006

Viabilidad soñada

Fernando pinchó una lámina de patata con el tenedor. Tras untarla en la mayonesa levantó la vista y la vio a través del hueco del pasillo. Ella estaba cenando con una amiga. Sus ojos sonreían al compás de sus labios. Estaba tan guapa como él la recordaba.

La había conocido en la madrugada del sábado anterior. Conservaba, entre brumas etílicas, la etérea imagen de aquella mujer de largo pelo negro. Todo lo demás se había perdido en la destrucción neuronal de la borrachera.

Ellas estaban terminando su cena. Fernando pensó en enviarle un postre con intermediario. Aunque sabía que aquella táctica solo funcionaba en las películas americanas. A pesar de ello, se decidió a mandarle el postre. Y una nota.

Hay sabores que necesitan ser degustados varias veces para retenerlos en la memoria. La combinación de la vainilla con la naranja es tan exótica que la primera vez se percibe como un delirio de sábado noche. Pero después uno tiene que volver a experimentar la mezcla irremediablemente.

La improvisación le resultó tosca. Tanto que requirió un súbito empujón de inconsciencia impulsiva para orquestar la maniobra. Esperó impaciente el onírico momento, observando de reojo la sonrisa gemela que subsistía en la protagonista de aquel guión desquiciado.

El camarero se acercó con el postre que acompañaba la misiva. El corazón de Fernando latió con creciente fuerza y agitación. Sus ojos no podían apartarse de la escena. Ella recibió el regalo con un gesto divertido. Tras leer la nota se tapó los labios con las manos y su sorpresa sonrió encantada. Oteó con un giro semicircular que disparaba decididos dardos al aire hasta que uno de ellos se clavó certero en la pupila de Fernando.

-El sábado estabas muy borracho, aunque parece que en ti es lo habitual... -lanzó ella al acercarse.
-Mis delirios de sobriedad son más acuciantes que los de embriaguez -respondió Fernando.
-En realidad yo te conocía hace un tiempo. Te he visto varias veces por el barrio -concedió ella relajada.
-Bueno, yo llevo toda la semana viéndote en mis pesadillas, aunque no sé si eso cuenta -explicó Fernando en tono menguante.
-Lo que no entiendo es cómo te acuerdas de mí -rió ella sin prejuicios-, ya tenías problemas para poder mantenerte en pie.
-No tengo muchos recuerdos de ti, pero te pareces a un conato de novia que tuve hace diez años -respondió Fernando con franqueza.
-Estás hecho todo un conquistador -interpretó ella con un gesto de teatral ofensa.
-Pues deberías irte acostumbrando -sentenció Fernando-, porque a partir de ahora vamos a vernos muy a menudo.